EPIFANÍA EN EL MUSEO

¿Está el arte postmoderno despertando de sus décadas de aversión hacia un significado más elevado?
Por Elizabeth Debold y Carol Anna Raphael

En 2007, antes de que la burbuja explotara en los mercados financieros mundiales, el artista británico Damien Hirst creó un obra de arte avaluada en 100 millones de dólares. Era un esqueleto humano, moldeado en platino y salpicado en diamantes. La pieza dio mucho que hablar en el mundo del arte; no por su espectacular estética, sino por su increíble precio. El arte de Hirst se ríe de la codicia y el exceso materialista que hace poco nos llevó a que las bolsas de mercado caigan fuera de control al mismo tiempo que son un ejemplo de ello. El evento completo (un objeto intencionalmente vulgar vendido en una suma de dinero ridícula) personifica los cimientos del arte postmoderno, que por décadas ha celebrado lo archi-icónico, lo superficial o simplemente lo chocante. En gran medida, durante los últimos 30 años, los conocedores del mundo del arte (críticos, artistas, vendedores y curadores de museos) han creado un clima en el que el arte no tiene propósito, significado o un valor estético mayor, habiendo dejado la búsqueda de esas cualidades como desesperanzadamente ingenuas.

¿Pero es así? En los últimos años, un número de prominentes galerías de arte en importantes museos de Europa y los Estados Unidos han comenzado a abrir la relación entre el arte y el significado y propósito humano. Es aún muy temprano para decir si estas galerías realmente expresan algo nuevo y más profundo que surge desde los cimientos del arte. De hecho, podría simplemente significar una respuesta calculada al creciente interés espiritual de los “creativos culturales” que son importantes consumidores de arte. En sus propios méritos, sin embargo, estas galerías demuestran que el punto del significado y la búsqueda de la trascendencia son ahora, y siempre han sido, motivaciones que permanecen para crear arte.

“Rastros de los sagrado”, realizada en el centro Pompidou de Paris, el cual es un marcador de pauta en el mundo del arte, fue una de estas exhibiciones más prestigiosas. Toda la exhibición fue organizada alrededor de la existencia fundamental y preguntas espirituales: “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos?”. Fueron mostradas impresionantes 350 piezas de arte de cerca de 200 artistas, entre quienes estaban pioneros de la abstracción de principios del siglo XX a provocadores radicales de tiempos más recientes. A través de la notable cantidad de medios en la muestra (pinturas, esculturas, fotografía, video, instalaciones y más) la exposición demostró cómo la búsqueda de la trascendencia está siendo canalizada de nuevas y creativas formas. Lo sagrado (con o sin Dios, con o sin religión), tal como lo dejó muy claro la exhibición, ha sido “una inspiración crucial para muchos artistas”.

Muchos de los trabajos en la exhibición del Pompidou estaban entre lo más importante de la historia del arte del siglo XX, pero fueron puestos en un nuevo contexto. Por ejemplo, están los del famoso pintor ruso Wassily Kandinsky. Kandinsky es uno de los primeros artistas a quien se le acredita el hecho de romper con la tradición del arte representacional (pinturas que representan o describen objetos en el mundo real) y crear la primera pintura puramente abstracta. En los últimos cincuenta años, mientras el arte se fascinaba crecientemente con lo superficial, su trabajo ha sido admirado casi únicamente por el juego de colores y forma (elementos que se relacionan con la superficie de la tela, en vez de cualquier significado o profundidad que hubiese querido el artista). Pero en esta exposición, con foco en la dimensión sagrada del arte, las pinturas de Kandinsky pudieron ser vistas por el quiebre espiritual que significan. Sus experimentos con colores brillantes en la tela se esforzaban por revelar algo más esencial y profundo que lo que se era capaz de hacer a través de la pintura representacional de los objetos. En 1911, mientras su primera pintura abstracta golpeaba la escena del arte, Kandinsky publicaba su primer libro, A propósito de lo espiritual en el arte. Escribió: “El color es el teclado, los ojos el martillo, el alma es el piano con sus múltiple cuerdas. El artista es la mano que al tocar, esta u otra tecla, hace que el alma vibre automáticamente”. En el centro Pompidou, las figuras coloridas y vibrantes de Kandinsky, una vez más pudieron ser valoradas por su poder para expresar el pulso de la vida que vibra dentro del alma.

Por varios lugares de Europa, hubo otras exhibiciones que trataron el contenido religioso del arte actual desde una nueva perspectiva. El Museo Stedelijk en Amsterdam exploró los pilares espirituales y religiosos del arte moderno. Como señaló un artista holandés, “la religión y el arte nacieron al mismo tiempo”, refiriéndose tanto a cómo ambos conceptos se entrelazan históricamente como a la percepción de que la religión y el arte surgen de la misma fuente de la humanidad que busca el bien, la verdad y lo bello. La exhibición, titulada “Inspiración Divina: Religión y Espiritualidad en el Arte Moderno”, fue mostrada en una iglesia gótica, lo que creó el ambiente perfecto para llamar la atención sobre la dimensión sagrada en el arte moderno y contemporáneo que se exhibía. Y Amsterdam no fue la única ciudad holandesa que encontró lo sagrado en el interior del arte. La ciudad de Utrecht tuvo una iniciativa tripartita que se enfocó en “El Regreso de la Religión y Otros Mitos”. Otros museos en Alemania también exploraron temas similares. El Centro para el Arte y los Medios (ZKM) en Karlsruhe resaltó el poder del video y la televisión a la hora de comunicar material religioso, mientras que una versión pequeña de la exhibición “Trazos de lo Sagrado”, del Centro Pompidou,  viajó a Munich.

En los Estados Unidos, también han aparecido signos de que -como lo describió el crítico del New Yorker, Peter Schjeldahl- un “mar de cambio” puede estar acercándose. Al escribir sobre una exhibición titulada “Después de la Naturaleza” en el Nuevo Museo de la ciudad de Nueva York, Schjeldahl observó perceptivamente que el arte mostraba “un cambio de énfasis, desde la superficie hacia la profundidad”. Los artistas –continuó- estaban “desestimando los atractivos del mercado hipnotizado por el dinero” y enganchándose con preguntas sobre el futuro de la Humanidad. “Después de la Naturaleza” incluyó 90 trabajos de un grupo internacional de artistas, realizadores y escritores, todos explorando cómo va a ser la Tierra al remecerse por un colapso ambiental y de la civilización humana. Combinando escenarios apocalípticos y visiones místicas,  la inquietante intensidad de la exhibición tenía un efecto poderoso: un llamado a un cambio de curso para que esas tragedias no lleguen a suceder. No era sólo la búsqueda frenética de fama y fortuna perdiendo los estribos en artistas y el mundo del arte, como Schjeldahl estaba sugiriendo, sino que aquí el arte estaba siendo utilizado para el propósito de hacer sonar la alarma y catalizar un cambio. Un tono similar perneó la 55° Exhibición Internacional Carnegie en Pittsburg, una muestra de arte contemporáneo que fue titulada “Vida en Marte”. Cuarenta artistas fueron elegidos para lidiar con la pregunta de qué significa ser humano “con el más infinito sentido de ser parte de un universo mayor y encontrarnos a nosotros mismos en el interior mirando hacia fuera”. Aunque ninguna de estas exhibiciones exploró temas religiosos o espirituales, la ligazón con las más grandes preguntas sobre la vida marca un cambio significativo respecto de los brillos, la irreverencia y la superficialidad que ha prevalecido en el mundo del arte moderno.

Sean o no estas exhibiciones un signo de un fenómeno más amplio, están indicando que algunas grietas están empezando a aparecer en la reluciente fachada del arte postmoderno, revelando la necesidad de profundidad, que es una parte tan importante de la experiencia humana. A comienzos del siglo XX, cuando el mundo caía en el abismo de la Primera Guerra Mundial, Kandinsky pareció decir: “Mientras más miedo nos dé el mundo... más abstracto va a ser el arte”. En ese tiempo, Kandinsky estaba buscando algo debajo de la superficie, más allá del mundo de la forma vista por el ojo hacia un reino de la experiencia sentida por el alma humana. Quizás ahora, frente a peligros más significativos luego de décadas de un arte que negó el alma, los artistas y los museos se estén dando cuenta de que el arte debe asumir una vez más su rol de poner a los seres humanos en contacto con algo más profundo, primario y urgente. El establishment del arte ha sido por largo tiempo un árbitro de cultura, dictando qué entra y qué no, en formas que van mucho más allá del multimillonario mundo de los coleccionistas hacia escenarios de la estética, la literatura y el cine. Si este establishment quiere ahora explorar corrientes más profundas y las motivaciones que hay en el interior de la Humanidad, eso puede ayudar a catalizar un cambio que nos lleve hacia una nueva etapa en la cultura.

Traducción: Pablo Morano

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